El ser humano tiene algo maravilloso: la intuición. Esa vocecita que nos hace ir en una dirección en lugar de otra, que sabe reconocer y encontrar soluciones creativas y que también parece tener acceso a un mayor conocimiento, manifestándose come un rayo, más rápida que la razón y el sentimiento.
Cuantas veces sentimos esa voz que nos dice de hacer o no ciertas cosas, y cuantas veces le hacemos o no caso para luego decirnos "lo sabía".
Me sucede que a veces intuyo que seria lo mejor que puedo hacer o intuyo algo cuando conozco a alguien, pero no siempre actúo inmediatamente sobre la base del intuito. He entendido que hay que aprender con el tiempo a confiar la voz de la propria intuición, diferenciándola de la imaginación o el miedo. A veces puede llevar semanas, meses o años poder escucharla y pasar a una acción congruente, y es precisamente en este período de tiempo que suceden eventos, si prestas atención y captas su significado, que dan fuerza y empujan a accionar.
Cuando tenía veintiún años me fui sola a México con mi mochila en la espalda siguiendo una intuición, sintiendo que me hubiera hecho bien una experiencia de vida afuera de Europa. No sabia mucho sobre la cultura mexicana (de hecho casi nada), pero me guiaba una particular atracción para las culturas indígenas de Norte America que sentía desde niña y las ganas de aprender otro idioma, el español. Después de varios meses de viaje, enamorada de la tierra de México y su gente, decidí quedarme a vivir allí por un período más largo.
Considero México mi segunda tierra madre, donde he vivido ya 10 años de mi vida. Mi hija, Isha, creció en este país hasta la edad de 8 años, aunque visitabamos la familia en Italia regularmente, asì creció entre dos culturas y en el bilinguismo.
Cuando empece' a intuir que iba a emprender con ella un largo viaje afuera de México, sabia que un cambio me hubiera hecho bien. Sentía que desde un tiempo había estado viviendo en mi zona de confort sin experimentar completamente todo mi potencial, mis dones y mis talentos. No tenía motivos para quejarme, vivía una vida tranquila, sin pretensiones, pero rica en tiempo, amigos y con todas las necesidades básicas cubiertas.
En América Latina especialmente, tener un buen techo sobre la cabeza, comida, buenos amigos y el tiempo y la salud para compartir con los seres amados son razones suficientes para estar agradecidos con la vida. En general hay una mayor aceptación de la precariedad de la vida y se vive un poco más al día, con una vida más simple y con menos lujos. Quizás precisamente por esta falta de tanto bienestar material (a diferencia de Europa), en general, existe un mayor espíritu de solidaridad entre las personas, de comunidad, en la conciencia de que nos necesitamos unos a otros, y se forman relaciones cálidas y amistosas. Es como si las "barreras" que nos separan egoísticamente unos de otros estén mas aflojadas que en otros lados.
A pesar de esta vida tranquila llena de relaciones profundas, seguía encontrándome con personas que me hablaban de viajes, amigos se iban, otros regresaban, de esta o aquella experiencia de viaje y sentía que cada vez algo se encendía adentro de mi cuando entraba en contacto con estas historias. Sentía que con cada vez crecían las ganas de hacer ciertas experiencias, de cambiar y cuestionarme, de inspirarme y hacer algo significativo en mi vida. Desde tiempo sentía una atracción por la India, Nepal y Asia en general, pero no entendía el porqué ni cuándo hubiera podido ir allá. Tan pronto como comenzaba a pensar en hacer un viaje tan grande, mi cabeza se llenaba de incertidumbres y razones por las cuales no me sería posible en un futuro cercano.
Paralelamente, algo más comenzó a suceder: muchos de mis amigos y conocidos participaron a cursos de meditación Vipassana en la tradición de Goenka y Sayagi U Ba Kin, la meditación enseñada por el Buddha Siddhartha Gautama hace unos 2500 años.
Una vez al año, en el área donde vivía en México en el estado de Veracruz, se organizan cursos de 10 días para aprender esta técnica de meditación. Es un retiro con un programa muy lleno que comienza a las 4.30 de la mañana, donde se hace un voto de silencio y cada persona practica la técnica de meditación Vipassana tal como viene enseñada desde la mañana hasta la tarde, con algunos descansos para las comidas y el reposo y un discurso en la tarde para explicar mejor la técnica y motivar a los estudiantes de si mismos.
Así que
comencé a recibir cálidos consejos de participar en uno de estos cursos. Los amigos que ya lo habían hecho me decian: "anímate te
va a hacer muy bien", "es lo más profundo que he
hecho", "absolutamente tienes que ir",
pero sin agregar mucho más. Yo solo les
miraba a la cara cuando me hablaban
al respecto y me impresionaba su
entusiasmo y brillito en los ojos, pero no hacia más preguntas.
Después de muchas de estas fuertes
recomendaciones, decidí que quería participar en uno de
estos cursos, pero me sentía desanimada
al instante. La mente repetia su desdichoso
mantra: "no tengo quien pueda
cuidar de mi hija durante tanto tiempo, no
creo que pueda participar, 10 días son demasiados, no es posible, no
tengo tiempo" y se enganchaba en esta excusa.
En
mi interior desde tiempo intuía que la meditación me hubiera hecho
muy bien, aunque no sabia
mucho al respecto, y no había ido
más allá de escuchar alguna meditación guiada en youtube. Menos
que menos sabia en qué consistía
la meditación Vipassana. Sentía que la
única forma de averiguarlo era asistiendo
a un curso serio e "intensivo".
Entonces,
un día sucedió algo que abrió una brecha en mi
mente.
Estaba de
vacaciones con mi hija junto al mar, de invitada en
casa de una amiga que practica la meditación Vipassana y que, justo esos días, había organizado una
meditación grupal en su casa con varios meditadores. Me invitan a
sentarme en silencio con ellos durante una hora, no me
explican sobre la técnica de Vipassana, solo me dicen
"intenta observar tus sensaciones de la
respiración que entra y sale de las fosas nasales". No
pierdo esta oportunidad, creo que estar con ellos me dará fuerza
para intentarlo, así que me encuentro sentada
con las piernas cruzadas, tratando de seguir mis inhalaciones y
exhalaciones. Transcurre una hora, increíblemente no parece
tan eterna, y cuando abro los ojos veo los
rostros tranquilos de los otros meditadores y también me siento bien
y asombrada de haberme quedado con los ojos
cerrados todo ese tiempo. La mente no se había detenido por un
momento, pasando de un pensamiento a otro, y
había sido difícil mantener la concentración en la respiración,
pero sentía algo agradable en
el ambiente que me rodeaba. Después de esta
experiencia me siento nuevamente
determinada a tomar un curso de Vipassana
de 10 días y descubrir mas sobre eso. Les
comparto a mis amigos que no sé cómo
ausentarme de mi hija por tanto tiempo. Dos
de ellos me dicen que si les sera' posible en las fechas del
curso, estarían felices de cuidar a la
niña por la duración del retiro,
para que yo pueda participar. En ese momento, algo se
quiebra en mi mente y se abre un nuevo camino: me doy cuenta de que realmente es
posible y de que hay personas dispuestas a ayudarme. En los días
siguientes admiro las cualidades fuera de lo común de estas personas
en términos de disponibilidad, paciencia y amabilidad, me siento muy bien con ellos.
Solo
después de más de un año de este evento se me
vuelve a ofrecer la oportunidad de participar en un curso. Me
inscribo, pero solo unas pocas semanas antes de que comience el
retiro, la situación aún parece no resuelta, los amigos que me habían ofrecido ayuda el año anterior no están y la querida
amiga con quien pensé que podría dejar a mi hija durante esos días
me dice que no habría podido cuidarla por toda
la duración del curso. Nuevamente,
me parece demasiado difícil superar mis
miedos y encontrar una solución. Además, nunca he estado separada
de mi hija por tantos días seguidos, a pesar de que tiene casi 8
años, todavía me parece tan pequeña, pensar que ni siquiera puedo
enviarle un mensaje para saber como esta o una llamada
me parece demasiado. Estoy a punto de
rendirme, pero primero le envío un mensaje al amigo que abrió la
primera "brecha en mi mente" ofreciéndome su ayuda hace
más de un año; ahora el está en Nepal, por lo que no podrá ayudarme
directamente, pero le cuento por mensaje vocal que no sé
cómo hacer y que estoy pensando en
cancelar mi participación en el curso. Me
contesta que piense en otras posibilidades
y de no desistir
para no perder la oportunidad. De alguna manera me
infunde una nueva determinación, hago una ronda de llamadas a
algunos amigos cercanos con los que está acostumbrada en
convivir mi hija y en poco tiempo
organicé un grupo de personas que la
cuidarán durante los días del curso, que la
llevaran a la escuela, que
le harán de comer y estaran con ella
todos los días. No he encontrado una única persona para todos los diez días, si
no que más de una: la unión hace
la fuerza. Mi hija también está encantada de estar con sus tíos y
primos por unos días (así considere
algunos amigos). Ella siempre ha sido una chica independiente a la
que le gusta estar en compañía y experimenta este cambio de rutina
con emoción, como si anduviera de viaje, también me anima a ir al curso!
En mi mente
permanecen los temores clásicos de una madre apegada
a su hija, pero no tengo más
excusas , sé que mis amigos cuidarán muy bien a Isha y al final el
curso solo está aquí a unos km de casa,
en caso de emergencia, siempre puedo salir del centro de meditación
antes que finalize
el curso.
Lo que
sucedió durante el primer curso de Vipassana y con la práctica de
meditación diaria que le siguió dio una
vuelta en mi vida y fue de enorme beneficio. Me di cuenta claramente de una manera
experimental (no solo porque lo había leído en algún lugar o
entendido intelectualmente o porque me lo había dicho algún terapeuta) cuánto mis
elecciones y acciones estaban determinadas por los condicionamientos.
Especialmente comencé a comprender y vislumbrar dónde se originaban
todas esas reacciones que formaban mi vida
momento tras momento y cómo comportarme si quería cultivar
una cierta capacidad de desapego en el
momento de tomar decisiones importantes, para poder elegir lo realmente beneficioso para mí y para los demás, y como vivir mas en paz. Quería hacer un viaje a la India pero me di cuenta de que el viaje
más importante que tenía que emprender era el que me
llevaba dentro de mi misma, y para esto no necesitaba ir tan lejos.
Entender cómo funciono, cómo vivir una
vida saludable, dónde no hago daño a mi misma
ni a los demás, y donde hago mi mejor esfuerzo, se ha convertido en
lo más importante (y lo sigue siendo). Vivir la libertad verdadera es una experiencia interior.
Algunos meses después
del curso decidí mudarme a Italia con mi hija cerca de un
centro de meditación Vipassana en Italia
para hacer un período de voluntariado. Decidí que la meditación seria mi punto de partida.
Todos los cursos de
Vipassana, en la tradición de Goenka, son gratuitos. Están organizados
por meditadores que ofrecen su tiempo y trabajo para permitir que
otras personas aprendan esta técnica de meditación. Solo después
de terminar un curso completo de 10 días es posible hacer una
donación a la asociación para que se puedan organizar más cursos
para otras personas.
Comprendí que esta técnica que me estaba
ayudando tanto me llego' gracias al
esfuerzo de muchas personas y después de conocer a algunos que se
encargaban de la organización de los
cursos, me dejé inspirar y decidí que antes de cualquier viaje a
tierras lejanas habría sido de mayor beneficio
profundizar la técnica de meditación. Hacer servicio en un centro de Vipassana significa meditar y trabajar meditando, en un
contexto que facilita y propicia mucho la auto-observación.
Teniendo la oportunidad de dar algo a los
demás, pronto queda claro que en
realidad uno se está ayudando a sí mismo a través de los otros. En realidad es una
especie de sano egoísmo el
que empuja a las personas al servicio.
Así que
dejé México, una tierra que amo
profundamente y muy queridas relaciones para profundizar esta técnica
en mi tierra natal, aprovechando también estar más cerca de mi
familia de origen y volver a mi cultura
natal después de muchos años y con una nueva perspectiva.
Gracias al
servicio pude aprender mucho e hice nuevos amigos que me apoyaron en
el camino, incluso cuidando a mi hija, para poder dedicar más tiempo
a la meditación participando en otros retiros. Al
final hasta se dio' que el amigo que me había ayudado a “abrir una
brecha en mi mente” me cuido' Isha por todo un curso como había dicho unos dos años antes. Mi hija pudo vivir por primera vez en su tierra natal
(donde había vivido los primeros 9 meses de su vida antes de vivir en México), aprendiendo
mejor su segundo idioma y atendiendo la
escuela en Italia, viviendo
las cuatro estaciones en este país, entrando más en contacto con su
cultura. Ha experimentado grandes cambios,
ciertamente fue un desafío para ella adaptarse a un nuevo sistema
escolar, hacer nuevos amigos, pero sobre todo vivir y aceptar el
desprendimiento de personas muy queridas en México y para
mi acompañarla en todo esto, con todas sus emociones y
dificultades. Al mismo tiempo, ha experimentado
cosas nuevas con gran alegría y emoción, como ir a una nueva
escuela, nuevos paisajes, estaciones (invierno con nieve),
relaciones, comida y tradiciones. Juntas también participamos en
pequeños cursos de meditación para niños y niñas. Siento que esta
experiencia fue para ella como recibir una
pequeña semilla que creciendo y, si lo
desea, la ayudará a enfrentar los cambios
de la vida con más paz y confianza en sí misma.
Después de
un año y medio de práctica diaria de meditación y de haber
practicado una buena dosis de flexibilidad, desapego y
de creatividad en la resolución de problemas, me sentí lista
para embarcarme en un viaje a la India con mi hija en el "justo
estado mental" y reponerme en juego en
el mundo.
***
Para quienes quisiera descubrir mas sobre los cursos de Vipassana en México:
y en el mundo:
 |
| Entrada a Dhamma Atala, centro de meditación Vipassana |
 |
| Mi casita, bajo la tormenta de nieve |
 |
| Después de la tormenta, el sereno |